Cuando damos primero, ponemos a Dios en primer lugar —y cambiamos el guion, pasando de una vida centrada en mí mismo a una generosidad centrada en los demás—.
Cuando utilizamos nuestros recursos para algo que va más allá de nosotros mismos, pasamos de las cosas materiales a las historias y construimos un legado por el que vale la pena vivir.